La Medalla y dos Pueblos que se Reconocen
• Por Antonio Ledezma
El obsequio al presidente de los Estados Unidos de la medalla que simboliza el espíritu del Premio Nobel de la Paz, realizado por María Corina Machado, constituye una de las expresiones más elocuentes de humildad política y respeto al pueblo venezolano por parte de su líder. El gesto entraña un reconocimiento al presidente Donald Trump por su compromiso sustantivo con la libertad, la democracia y las instituciones fundadas en la soberanía popular y el sufragio, bienes jurídicos y políticos hoy conculcados en Venezuela.
El acto admite múltiples lecturas. La más auténtica —y la que mejor se corresponde con el sentir mayoritario de los venezolanos— es aquella que interpreta el gesto como un reconocimiento del pueblo venezolano al respaldo brindado por Trump a la búsqueda de la paz. Y es desde esa paz que debe emprenderse la reconstrucción de una Venezuela en ruinas: no solo devastada en lo económico o en su infraestructura productiva, sino también erosionada por la inoculación de una perversa moral pública y por el deliberado desconocimiento de la institucionalidad constitucional.
Ese deterioro ha producido, lamentablemente, una conducta —propia de quienes se atrincheran en un comportamiento ideológico de raigambre autoritaria— que atropella la dignidad del venezolano y distorsiona el imaginario colectivo sobre soberanía e independencia.
Desde el pensamiento bolivariano, los venezolanos hemos tenido una noción clara de lo que significa gobernar: un ejercicio del poder vinculado a la prosperidad, al encuentro respetuoso y no impositivo, a la cooperación solidaria y al objetivo supremo de alcanzar “la mayor suma de felicidad posible, la mayor suma de seguridad social y la mayor estabilidad política”, como lo expresó Simón Bolívar. En ese marco, el obsequio de la medalla de la paz constituye un reconocimiento al apoyo recibido en la búsqueda de ese ideal.
La medalla no implica comparación alguna entre los grandes personajes históricos de hace doscientos años ni pretende equiparar símbolos o méritos. La feliz coincidencia señalada por María Corina Machado radica en la temporalidad del gesto: ayer, dos naciones hermanadas por la libertad; hoy, esas mismas dos naciones reencontrándose, con el pueblo de Bolívar ofreciendo un símbolo al líder del pueblo de George Washington, en reconocimiento a la convergencia de intereses libertarios, democráticos, económicos y de desarrollo.
Es también un reconocimiento que abarca a los venezolanos en la diáspora, de los cuales más de un millón viven, trabajan, sufren y esperan en los Estados Unidos.
La historia demuestra que las relaciones entre los Estados Unidos y Venezuela han estado marcadas mucho más por la fraternidad y los intereses comunes que por las fricciones, estas últimas generalmente provocadas por distorsiones ideológicas antes que por obstáculos insalvables.
Por ello, este premio representa el valor simbólico del agradecimiento. Y ese agradecimiento, expresado en una medalla de ley, bien lo merece el señor Trump.
Mañana, en los anales de la historia de los Estados Unidos, quedará registrado el gesto de una mujer venezolana luminosa y el relato de una medalla que Venezuela ofreció a su líder. Así como nuestra historia recuerda, dos siglos atrás, el reconocimiento otorgado por los grandes de los Estados Unidos a Simón Bolívar.
Es un gesto llamado a perdurar. Un gesto que hace historia. Un gesto que hermana a dos pueblos que, una vez más, se reconocen en la libertad.